27 de junio de 2014

Un refresco y una tapa de sexo, porfavor.



"¿Por qué besa tan bien y la come tan mal?", pensé mientras notaba como sus dientes rozaban mi polla al subir y bajar haciendo que sintiera algo así como cuando una máquina de kebab pasa por la carne, la pela y cae al fondo grasiento y, la verdad, no quería que de ninguna de las maneras eso le pasara a mi miembro. No entendía que tuviera tanta habilidad con la boca para unas cosas y tan poca para otras. Es como si un alfarero no supiera tocar el cuerpo de alguien o un peluquero peinar los sueños de alguna de sus clientas. Algo inconcebible.

Aproveché que subió la cabeza cogiendo aire para estrecharle la cara, atraerle hacia mí y besarle profundamente. Así mucho mejor, pensé mientras nuestras lenguas jugaban al corro de la patata.

La cosa había surgido espontáneamente..., con esa espontaneidad que muchas veces es forzada porque, al fin y al cabo, sabes lo que la otra persona busca aunque lo disfrace de otra cosa. Es lo que tiene tener taitantos, que uno ya conoce de qué va el juego. No estás en el banquillo, ya eres titular.

-Si te apetece hacer algo lo dices... -me dijo con mirada complaciente.
-Pues quiero comerte el culo -le contesté.
-Pero tengo pelo.
-Mejor...

Si su culo hubiera estado en facebook le habría puesto un "Me gusta" más grande que una catedral, así que me sumergí en él como un buceador sin bombona de oxígeno dispuesto a ahogarme hasta que lo oí gemir y apoyar su cabeza en la almohada mirando el techo y queriéndolo tocar con una mano.

Al rato me introduje dentro de él como un extraño que irrumpe en un bar a las 3 de la mañana, algo perdido y sabiendo que van a cerrar dentro de poco. Nuestras pupilas no dejaban de follarse, la una encima de la otra, dejándose arrastrar más y más adentro, sudando y creando marejadas de incertidumbre a golpe de embestida.

Todo acabó como si dos copas se chocaran y se derramaran fuera del vaso salpicando una superficie hirviendo. Y notas como, acto seguido, las pupilas dejan de follarse y se dedican a jugar con el suelo mientras decides ponerte los calcetines y la poca dignidad que te queda se te enreda entre los dedos de los pies.

Y al final del todo los relojes cobran más sentido que nunca. De repente nos convertimos en cenicientas que tienen que correr a ese palacio forjado de miedos y de dudas porque se ha hecho tarde... Demasiado tarde, diría yo.

14 de junio de 2014

Con las canas y las ganas repartidas.



Noto el paso de los años en las canas que me salen en la barba y en los huevos. Las miro y pienso que representan los fracasos, los sueños derruidos, las suelas desgastadas de dar pasos en falso, las espinas de este cáctus desértico llamado vida. Son una especie de ábaco dónde puedes contar las veces que juraste no hacerlo más y, al final, volviste a hacerlo. 

De nada sirve arrancarlas porque de lo que no somos conscientes es que también tenemos canas en el corazón y, efectivamente, esas no son de las que se afeitan..., esas se sobrellevan y hacen de nuestra superficie cardiaca una especie de jardín del dolor dónde, en cualquier momento, te puedes pinchar. 

Últimamente me sorprendo tocándome la barba a cada momento, como si quisiera acariciar los escombros de mis castillos derrumbados y barrerlos hacia mi barbilla para que caigan al suelo y se queden por el camino, cosa que no sé muy bien si consigo.

Ah, y las que me pueblan los huevos son otra historia que, quizá, cuente algún día.

5 de junio de 2014

El ojo de la aguja.



Ahora todo ha desaparecido. De un día para otro el presente se ha transformado en un recuerdo deshidratado y concentrado muy parecido a esas pastillas de caldo que echas en el agua, pones a fuego lento y notas cómo se van difuminando hasta dejar un característico sabor artificial a fracaso al que, por otra parte, tan acostumbrado estoy.

Hay cosas no dichas que se me han quedado dentro creando el mismo efecto que si me hubiera comido un kebab..., pesan, se retuercen y pugnan por salir..., pero no es el momento porque no ha habido ningún "¿Por qué?" por su parte. La interrogación ha sido engullida por el orgullo y los puntos han sido usados como tapones para los oídos para no oír nada..., ni siquiera la conciencia.

Y vuelvo a estar como al principio, en el filo de la cremallera, dudando entre bajarla, sacarme la polla y disparar a todo el mundo como si de una metralleta se tratase o, simplemente, meterla en alguna boca que sepa encadenar más de dos frases seguidas y que tengan sentido. Lo mismo, de esa manera, consigo darme sentido a mí mismo. O no.