30 de enero de 2012

Te digo, te cuento.


A veces me acerco poco a poco al asa de la taza de café y le cuento cosas, secretos, por el simple hecho de que parece una oreja dispuesta a escucharme.

21 de enero de 2012

¿Y para ésto empieza?


Si visualizo unos putos fideos chinos cociéndose creo que visualizo mi propia cabeza. Y para que sepan un poco mejor le hecho una pizca de incertidumbre que les hace tener un sabor agridulce para chuparse los dedos. Rica cocina del desasosiego. Alta cuisine para no dormir bien por las noches.

Y mientras le penetro me dice "Quiero que me folles así..., para siempre", y a mí se me baja, se resbala y sale despedida detrás del pensamiento de "Pero si sólo te conozco hace un mes y poco", que se cuela por debajo de la puerta y se avalanza por el balcón abajo.

Perdóname por querer ser una especie de doctor Frankestein sin título al que, como siempre, le saldrá mal el experimento.

23 de diciembre de 2011

Como música sin sonido.


Recuerdo que de pequeño me quedaba embobado viendo a mi tío Julián tocar el piano que tenía en el comedor de su casa. Sin embargo, no eran las notas musicales lo que me hipnotizaba y me dejaba con cara de idiota, sino el sonido que hacían sus uñas puntiagudas al tocar las teclas. Era como si decenas de cuervos se pusieran a picar en el suelo a la misma vez. Un sonido seco que creaba su propia música al margen de la de verdad... Algo así como música fúnebre.

Ayer el sonido de un semáforo me pareció el de un aparato de esos que se conecta a un medio moribundo para saber si vive o muere, si cruza la línea hacia quién sabe qué. Y me ha dado por pensar que es porque la ciudad está a punto de morir, por eso suena así. Y todo el mundo pasa de largo sin hacerle el boca a boca, sin ni siquiera darse cuenta del agonizante estado de lo que nos rodea... Algo así como música en decadencia.

Hoy he escuchado como sus expectativas crujían junto a sus brackets, y me he quedado con cara de tonto, como si escuchara a mi tío Julián tocar desde el ultramundo. Y es que muy a menudo las expectativas rechinan, como si comieras gravilla a dos carrillos. Y a él le resulta extraño mi silencio, mi cautela, mi reserva, pero la vida me ha enseñado que lo que rápido empieza, rápido acaba... Algo así como la música sin sonido.


15 de diciembre de 2011

La culpa fue de Gus.


Me comió la polla en la butaca de atrás de aquel cine y también mientras escuchábamos a la Pantoja de fondo. Fue algo extraño y no precisamente en ese orden ni en el mismo momento, así que va ser que mejor me explique.

Hace tiempo que quedo con la gente como si comiera pipas. Atrás quedaron esos momentos de tensión, nervios e incertidumbre por lo que te ibas o podías encontrar. Ahora es todo más automático, como cuando despegas la etiqueta de cualquier botella y sabes que, seguramente, no se despegue del todo, sino que quedará ese papel blanco pegado que lo afea todo. Pues igual.

Tengo por norma no follar en la primera cita pero, ¿por qué no en la segundo si te cae bien y te da morbo? El caso es que no era la idea que llevaba en la cabeza pero, por si acaso, me puse unos calzonillos monos (contradicciones de la vida). Después de cenar una pizza donde los cuatros quesos era más bien uno y medio, la peli de Gus Van Sant se hizo tan aburrida que acabé desabotonándome los pantalones y bajándomelos a la altura de los testículos (tras unas besos y unas caricias, claro, que no soy tan suelto). Habría estado bien que me hubiera cogido la polla entre sus calientes manos, la hubiera acercado a su boca y dijera: Fin de trayecto. Y entonces la dignidad habría salido de mi uretra y bajado lentamente las escaleras del cine con miedo a tropezarse, sin embargo sólo aproximó su boca a mi prepucio y se lo tragó una y otra vez hasta que la hizo suya, toda entera, resbalando en su paladar como quien baja una montaña escarpada, con cuidado, meticulosidad y ansías por llegar abajo.

Lo siento, Gus Van Sant, pero si hubieras hecho una peli más entretenida estas cosas no me pasarían...

20 de noviembre de 2011

Masajeando miedos ajenos.


Le masajeé su pie cristiano mientras que con el otro me tocaba la polla rítimicamente y me decía "Ay, perdona, pero es que me haces cosquillas y no puedo evitar moverlo", intentando autoconvencerse de que eso no era lo que verdaderamente era.

Mis manos recorrieron su cuerpo de hetero curioso desde la espalda hasta los pies. "Bueno, si te molesta me puedes quitar la toalla", me dijo tan inocentemente como el movimiento de mi mano apartando aquel trozo de trapo que me resguardaba de lo más íntimo de su cuerpo.

Quiso disfrazar aquello como un masaje terapeutico con ciertas variantes para que su conciencia luego no le gritara de camino a su colegio mayor, y yo simplemente le seguí el juego como quien sigue una hormiga para descubrir su puto escondrijo.

"Si me relajo tanto que me duermo avísame, ¿vale?"... Y no sé él, pero su polla no se durmió en ningún momento. Quizá se durmieron sus miedos, sus prejuicios, sus barreras... Quizá los derribé de su piel a golpe de aceite corporal y los hice resbalar muy lejos de allí.

"¿Tienes un cigarro para dejarme?"... Sí, claro que tengo. Llévatelo. Llévatelo y con él llévate tu bucle a cuestas. Quizá se resbale después del masaje, pero lo dudo, irá contigo allá donde quiera que vayas.

Y al final lo único que me quedaron fueron las manos pringosas de morbo y un chorro de su esperma en mi almohada. No sabía a cual de los dos mirar, así que fui yo el que resbalé hacia mi cama, como si yo fuera una mano y mi colchón una espalda, queriendo hundirme y colarme dentro. Muy dentro.

15 de noviembre de 2011

Domingo al vapor.

Lento a veces se destapa aquello que corre presto e invisible por el alma.

Baja empicado haciendo un eslalon lento y pasajero deslizándose por tu desnuda espalda.

Llega al medio de tu pecho y notas como allí se queda cogiéndose las rodillas con los brazosencendiendo
esa maldita llama.

Y, al final, te terminas dando cuenta que una piel sin otra piel es como un invierno cerrado, nevado y sin una puta manta.


5 de noviembre de 2011

De soplidos y zapatos.


Te soplo.

Te soplo y recibes mi aire sin ni siquiera escuchar lo que realmente te quiere/o decir.

No es un huracán de esos que te despeinan y te hacen achinar los ojos mientas pones cara de molestia. Es algo leve, casi susurrante. Una caricia de aire que proviene de mi interior y que se queda en tu exterior, escudo infranqueable repleto de soldados en posición de defensa.

Y me doy cuenta que mis pulmones son inteligentes, así que dejaré de soplar..., que el aire lo necesito yo para respirar profundo y mirar al cielo con cara de circunstancia.

Y me pregunto, ¿por qué cuando metes el pie en una zapatilla sabes si te está bien y cuando conoces a una persona por mucho que intentes meterte en su interior no lo consigues del todo? Con los miles de números que hay por ahí fuera y siempre te queda ancho, te aprieta o, simplemente, no pega con el resto de ti...

Zapatero a tus zapatos... Toshiaki, a por la bombona de oxígeno.

Click.

25 de octubre de 2011

Cartografía sentimental.

Andar por el mundo, nadar por tu mundo, unir puntos entre tu archipiélago y el mío, coger el ala delta y sobrevolar tu océano haciendo una carrera de sueños... Sería bonito crear nuestro propio mapa-mundi, ¿verdad?

23 de octubre de 2011

¿Ducha o baño?


Resulta que los dos tendemos a la melancolía... Yo, concretamente, a esa melancolía etérea que te roza la piel y te la pone de gallina, pero que se va como viene, algo así como una especie de soplido en medio de una noche de verano.

Es parecida a una ducha de gotas finas que dejas correr por tu cuerpo y que, finalmente, se acaban secando por si solas, algo momentáneo, que incluso disfrutas y que luego se va por el sumidero de la ducha. Sin embargo me da la sensación de que él tiende a los baños melancólicos, a sumergirse un poquito más, durante un rato largo, y a hacer malabares para que no le sobrepase el cuello y, así, ahogarse. Es más peligroso, pero también es verdad que es una suposición mía.

¿Y qué pasa cuando saliese del baño melancólico?... ¿Me dejaría secarle con la toalla de las certezas?, ¿podría arroparle para que nunca tuviera miedo de lo que le susurra la melancolía?, ¿estaría dispuesto a acercarse a mí y dejarse secar por mis manos ávidas de darle todo lo que tengo para que nunca más tenga que aferrarse a sus recuerdos?

Tengo miedo.

Tengo miedo de ahogarme, pero no en la melancolía, sino en el fracaso... De nuevo.

17 de octubre de 2011

Nadando en tu luz.


Recuerdo que empecé a besar párpados cuando leí aquella frase en aquel libro que me marcó tanto; "Quién hubiera dicho que al besar los ojos de un hombre se pudiera ver tan lejos".

No sé si ellos se preguntan por qué me suelo acercar a sus ojos y poso mis labios ahí, suavemente. Quizá piensen que estoy loco, que tengo un fetiche ocular o algo así, pero simplemente lo hago para saber cuán lejos pueden llegar a ver.

Hay ojos que tienen tanta luz que me abrasan los labios, ojos que no ven más alla de sus propias narices, ojos que suelen mirar hacia Cuenca solamente, ojos con tantas ansías de buscar que no se focalizan en nada, ojos que hasta cerrados me traspasan hasta lo más profundo.

Sí, tus ojos tienen luz. Porque, no sé si lo sabes, pero eres pura luz. Aunque corro el riesgo que siendo sólo luz me falte la tierra para pisar firme y andar con pasos decididos, el agua para ser el protagonista de "Océano Mar", el cielo para volar alto con los brazos abiertos sin miedo a caer y el fuego para derretirme dentro de tus entrañas. Aún así eres luz..., que no es poco.