19 de abril de 2015

Glutamato sentimental.




La vida circula mientras te comes unas natillas con cucharilla pequeña. No te das cuenta que le tienes que meter una cuchara sopera en plena espalda y llevártela a la boca. Y si notas algo terroso, no son las vértebras de la espina dorsal de la vida, son tus recuerdos; esos que saben a nube de naftalina, esos que son los únicos que te hacen sentir vivo, esos que conforman un pasado que se te queda entre medio de las muelas.

La vida se mueve en bucle como si fuera un batido que bebes usando una pajita enorme, de esas que hacen círculos. Y pulula por ahí dentro mientras absorbes con toda la fuerza que te permiten los pulmones. Intentas tragártela para que vuelva de nuevo dentro porque, joder, alguien la ha envasado y la ha metido en una botella de batido sin tu permiso. No te das cuenta, pero han hechon batido de fresa exprimiendo tu corazón y necesitas beberte a ti mismo de nuevo. Para que todo vuelva a su sitio. Para que todo parezca que permanece intacto... Pero no.

12 de abril de 2015

Oui, a trois.



Que te coman la polla dos bocas es idéntico a que te la coma una, lo pude comprobar el otro día. Las humedades no tienen cantidad, sólo calidad y, a veces, ni eso.

Tanto J. como yo fuimos el cebo. Un cebo mútuo para devorarnos mientras las rémora de C. aprovechaba su momento para lanzarse sobre nosotros y alimentar su carencia de afecto y de autoestima a golpe de falo. Tanto J. como yo empujábamos hacia abajo, por su garganta, para que no se le escapara el alma y él, incapaz de empalmarse o de recibir nuestros regalos por la parte de atrás, se dedicaba a usar la boca como única parte servible de su cuerpo. Castrado emocional y castrado sexual, pero lo suficientemente listo como para reunirnos en la cama de mi casa jugando con nuestros morbos como si de malabrares se tratase.

Me di cuenta que C. me sobraba, pero no lo manifesté en ningún momento. Seguí separando piernas, desenroscando brazos, mentiéndome en bocas, investigando cavernas, pero todo era tan básico que ninguno de los dos se había desnudado del todo. Dos instintos dándose topazos con los calcetines puestos.

Una vez acabado todo me sorprendí entre unos tentáculos de terciopelo que querían caricias, arrumacos, abrazos y una serie de cosas que no estaba dispuesto a dar a un semi-desconocido y, menos aún, a un desconocido. No me importó que J. se bebiera mi leche, pero no quería la yema de sus dedos recorriendo mi brazo, eso era demasiada intimidad, así que al rato me levanté y me fui dejándolos solos.

El sexo a tres me supo agridulce. No por el sexo en sí, sino porque no concibo dar cariño a gente que casi no conozco. Ese afecto me lo reservo, lo voy acumulando dentro de mí para tiempos mejores. Quizá caduque, quizá se pudra, pero hasta los poros de mi piel se cierran para que no salga con quien no tiene que salir. No sé si hago bien o hago mal, simplemente hago y creo que me debería estar quitecito.

6 de abril de 2015

Penitencia sexual.



He llegado a la conclusión que, de un tiempo a esta parte, quedo con gente de la que sé que no me voy a enamorar. Se trata de perfiles de personas no peligrosas de las que no tengo miedo a enganches difíciles de quitar. Como mucho algunos pueden ser personas "velcro" que con estirar un poco acabas separándote fácilmente, pero nada que requiera un mayor esfuerzo.

Con C. ya he quedado dos veces. Está en su último año de Psicología y percibe el mundo como algo extraño. No tiene intereses hacia la música o el cine, apenas ha viajado ya que prefiere viajes de ida y vuelta hacia la lascivia. Fuimos a la terraza de mi piso la noche del Viernes Santo ya que no quería molesar a mi compañera de piso. Los tambores de las procesiones retumbaban en la calle paralela mientras mi polla retumbaba también en su garganta. No se podía comer carne, pero él la devoró hasta que me corrí a chorros donde la vecina del quinto tiende la ropa. Después de hacerlo empecé a mover mi pene de arriba a abajo, iba al compás de la procesión, fui consciente de todos los redobles de tambores en un segundo y quise hacer penitencia con él. La penitencia de mi bucle.

C. es de Almería, peluquero (sin pluma, como él mismo me dijo) y con una barba tupida donde se le enredan las ganas de abrazos todas las noches. Fuimos a su casa donde estaba un amigo suyo del pueblo en plena crisis. El chico que le gustaba se acababa de enterar que hacía tres años él había sido transformista y la noticia no le había caído muy bien por pensar que por eso era menos hombre. También apareció su compañera de piso con un novio ciclado y que nos contó como se lo folló en el sofá. Asistí a todo aquello como ajeno, con el simple objetivo de desenredarle las ganas de abrazos a C. de la barba y de ver como desde arriba me cabalgaba las ganas de querer desaparecer en un orgasmo infinito.

Llego a la conclusión de que tengo miedo y que por eso quedo con gente que no tiene nada que ver conmigo..., o quizá es porque no existe ese tipo de gente que verdaderamente me complemente, y eso me causa más miedo aún. Y ahora, con vuestro permiso, me voy, que he vuelto a quedar.