11 de junio de 2012

El sabor del desasosiego.


Nunca una tarrina de vainilla con brownie fue tan triste como aquella, y no porque supiera mal, todo lo contrario, sino porque en cuestiones de sabores los sentimientos tienen mucho que decir.

El dolor puede tornar amargo lo dulce. La soledad infiere un sabor terroso a aquello que te estés comiendo ahora mismo. La duda consigue que la boca te sepa como cuando tomas una chucharada de canela y te llega a la garganta. Toses, te asfixias, te ahogas en el mar de las dudas con canela y terminas vomitando.

Nunca una tarrina de vainilla fue tan amarga como aquella. Nunca unos trozos de brownie cayeron en un interior tan vacío. Y nunca un eco fue tan abismal como el que sentí dentro cuando, poco a poco, me fui sacando la cucharilla a la boca.


3 comentarios:

Loco dijo...

Ainss, lo bueno de las tarrinas es que están ahí para lo bueno y para lo malo. Esas no fallan nunca.

Un beso niño.

Toshiaki dijo...

Ay el dulce! El dulce es la mejor de las compañías (independientemte de los sentimientos).

Un beso milojero!

D.I. dijo...

Acabas de inventar la gastronomía sensorial, con todos sus sabores anímicos.

Pero que no te engañen: el dulce dulce es mejor que el dulce amargo, así que... mejor come chupándote los dedos y sin dolor.