
Te soplo y recibes mi aire sin ni siquiera escuchar lo que realmente te quiere/o decir.
No es un huracán de esos que te despeinan y te hacen achinar los ojos mientas pones cara de molestia. Es algo leve, casi susurrante. Una caricia de aire que proviene de mi interior y que se queda en tu exterior, escudo infranqueable repleto de soldados en posición de defensa.
Y me doy cuenta que mis pulmones son inteligentes, así que dejaré de soplar..., que el aire lo necesito yo para respirar profundo y mirar al cielo con cara de circunstancia.
Y me pregunto, ¿por qué cuando metes el pie en una zapatilla sabes si te está bien y cuando conoces a una persona por mucho que intentes meterte en su interior no lo consigues del todo? Con los miles de números que hay por ahí fuera y siempre te queda ancho, te aprieta o, simplemente, no pega con el resto de ti...
Zapatero a tus zapatos... Toshiaki, a por la bombona de oxígeno.
Click.






