16 de agosto de 2013

Sismografía sentimental.



El pasado siempre vuelve..., frase algo manida y kármica en la que creo plenamente. Y es que, si mis teorías no fallan, el pasado es como una ecuación en la que sólo tienes que despejar la "x", que casi siempre suele ser el temido factor tiempo. No sabes cuándo, no sabes cómo, pero sabes que, tarde o temprano, volverá oliendo a naftalina.

El pasado causa terremotos que, afortunadamente, son de diferente magnitud. Va desde una pequeña sacudida al más absoluto derribo de tu mundo interior... Yo he sentido lo primero hace un ratito, nada significativo. Un dos o así en la escala de richter y que, mayormente, ha sido causado por esos recuerdos que parecen inertes pero que, de repente, se "autoinoculan" en tu torrente sanguíneo y corren rápido por todas las partes de tu cuerpo. Notas como suben veloces de tu estómago a la garganta, algo así como el gas de un refresco. Los puedes saborear, no es nada malo, pero lo importante es saber eructarlos para que no te dejen mal sabor de boca.

Eructa el pasado, cágalo si te es más fácil, pero siempre, siempre, haz hueco para el presente. Que no se nos olvide.

8 de julio de 2013

Bang, bang.



"Ojalá tu polla fuese una pistola y pudieras disparar dentro de mí"

Hacía mucho tiempo que no oía algo tan inspirador en una película... Yo habría añadido algo así como "Ojalá mi polla fuese una pistola y pudiera autofelarme hasta disparar dentro de mi boca". Sería una bonita forma de morir.

29 de junio de 2013

Conocidos invisibles.


Es curioso cuando vuelvo a mi ciudad natal a hacer la típica visita de rigor y noto como las cosas siguen sin cambiar demasiado. Si me fijo puedo hasta sentir el estatismo del asfalto cuando ando lentamente por las calles, las historias que dejé años atrás en la misma esquina siguen ahí, igual que las hieráticas huellas sobre los edificios que algún día soñaba que iba a escalar mientras miraba por la ventana.

Anoche salí a cenar con un amigo y, curiosamente, no paré de ver gente conocida que pertenecían ya a un pasado bastante lejano. Que si excompañeros de instituto metidos a empresarios de un restaurante dónde sirven hamburguesas con el pan de color azul o verde, que si un chaval del colectivo LGTB al que solía ir en mis años mozos y, por último, aquel chico raro al que siempre veía distraído en medio de la pista, como esperando a que alguien llegara para salvarlo... No deja de sorprenderme porque, si soy sincero, no soy una persona con unas redes sociales muy amplias, sino todo lo contrario... Conocidos que se cruzan delante de ti pero que, al fin y al cabo, son invisibles.


Lo peor es cuando llego a casa y me cruzo por el pasillo con mis padres y, de repente, como si de un bofetón se tratase, me viene esa sensación..., esa que va y me abraza por la espalda como una china con un chubasquero azul puesto, esa que se enrosca por la espina dorsal atenazándola fuerte y que se cuela bien dentro pisando el felpudo del tuétano y dejando caer en el suelo una tarjeta dorada que pone VIP. Esa devastadora sensación que me dice que ellos también son unos conocidos invisibles para mí...


18 de mayo de 2013

Vayamos por partes...


¿Sabéis lo que es la perfección? La perfección son los pies del único chico que va a mi clase de pilates. Y no, no os confundáis, aún no he llegado al punto de ver qué horarios tiene para coincidir con él a propósito. Esas cosa se las dejo a la casualidad y a que soy algo fetichista, no un acosador.

Los espejos de la clase me ayudan a disimular mientras le miro de reojo cuando se estira e, instantáneamente, imagino que roza con el pie en alguna zona de mi cuerpo. A veces pasa, sobre todo cuando hay mucha gente y poco espacio..., aunque de normal sólo me topo con piernas flácidas de marujas de pelo cardado, nunca con él.

Quizá el profesor debería añadir algún ejercicio nuevo a la tabla..., algo sencillo, práctico y efectivo, como, por ejemplo, que el chico en cuestión me hiciera una paja con los pies o puede que algún frotamiento rítimico porque, joder, eso tiene que ser bueno para tonificar las piernas y, claro, para mí también.

El resto de él es lo más normal del mundo; moreno, ojos marrones, cara ordinaria, cuerpo estándar, actitud invisible y andar insulso... Si fuera por mi, todo a la basura. Quedaría con las piernas arriba en el contenedor y yo iría y le cortaría los pies a la altura de los tobillos. Me los llevaría a casa y los metería en mis zapatillas de estar por casa para que no tuvieran frío.

Me dedicaría a coleccionar partes sueltas de diferentes sujetos. Tendría, por ejemplo, un torso peludo, torneado y de pezones grandes colgado en la percha de la ropa, una espalda generosa como tabla de planchar, unas piernas con un macetero en cada una de ellas, un culo respingón y más bien grande para poner los cedés, un ombligo bien redondito que sujetara el incienso sin caerse, unas manos fuertes y cuidadas para sujetar la ropa en el tendedero y, para terminar, una polla en la puerta del frigorífico para abrirla todas y cada una de las veces con la boca... Y, bueno, lo del cerebro y la cabeza sería para ponerlos en una urna cerrada con candado y rodeada de velas para poder rezar cada noche agradeciendo ese hallazgo tan inusual.

Ser un Frankenstein de la vida. Un soñador con sierra mecánica.


26 de marzo de 2013

Taponando pensamientos.



A veces me toca el lóbulo de la oreja para dormirse tal y como hacía con su madre cuando era pequeño. Yo, sin embargo, intento tocar los sueños con la punta de mis dedos para hacerlos encajar como si de un puzzle se tratase..., sin embargo, se escapan. Debe ser que mis dedos y los sueños son como imanes que se repelen. Mismos polos en una misma cama, luchando por ver quién se queda con la manta. La misma batalla de siempre.

Últimamente siempre me pongo tapones en los oídos para dormir bien, así me aíslo del resto del mundo y es como si no existiera, como si desapareciera por completo. De una manera instantánea el silencio se apodera de mí, los oídos se quedan a oscuras, sin embargo, sigo oyendo mi propia respiración, más fuerte que nunca. Siento perfectamente como el aire entra y sale de mis pulmones, es como si estuviera más cerca de mi todavía, conectado al 100%. No puedo oír otra cosa que no sea a mi mismo..., quizá por eso tengo pesadillas ultimamente, porque me respiro, me susurro, me cuento cosas por dentro que escucho perfectamente ya que tengo los tapones puestos y nada me impide perder la concentración en todo lo que pulula por ahí dentro. Ese amasijo de pensamientos que forman una placenta de la que me alimento todas las noches.

Cuando me quito los tapones me doy cuenta de que ahí está él, abrazándome. Es como si, de repente, conectara con todo lo que me rodea y me dejara llevar, deslizándome por el filo del sueño que aún me empuja para que caiga, de nuevo, en él...

Y no, no quiero caer..., tampoco quiero oír lo que los tapones me quieren decir. Estoy casi seguro que están hechos en china que, como todos sabemos, es una raza cruel.


16 de octubre de 2012

Siento negro.

Empiezo crujiéndome el dedo índice mientras escucho el sonido secretamente placentero y sordo que produce ese pequeño movimiento. Por una décima de segundo lo que verdaderamente me apetece es seguir con todos y cada uno de los huesos de mi cuerpo. Que todo resuene una filarmónica fúnebre crujiendo cerca de la medianoche y, así, no oír otra cosa que mi propio cuerpo resquebrajarse y caer al suelo hecho añicos. Sería como una alfombra de recuerdos que pinchan.

Al cabo de los siglos el viento vendría y me volaría por entre las rendijas de la ventana y me posaría justo ahí, al lado de tu tumba, y, de esa manera, poder susurrarte lo súmamente estúpido que eres y seguirás siendo para el resto de la eternidad.

4 de octubre de 2012

Yo, Saturno.

-¿Con qué sueñas, Divine? -le pregunto a mi gato mientras hacemos la siesta.
-Con ratones de atún. Voy detrás de ellos, persiguiéndolos... ¡Ñam! -me contesta.
-Pero no está bien comerte tus propios sueños.
 -Pues no lo hagas tú tampoco, papi.
-...

Pues sí, a veces somos como Saturno devorando a sus hijos, pero en vez de hijos devoramos sueños. De un bocado, sin ni siquiera saborearlos. Aunque sepan a levedad o, por el contrario, nos empachen hasta el dolor de barriga.

Mi amiga MD tiene cáncer. Está embarazada y, putadas de la vida, puede morir en el parto. Tener un hijo era lo que más ilusión le hacía en la vida. Se va a casar en Octubre y dice que no se nos ocurra tirarle arroz porque se le pueden colar los granos dentro de la peluca y luego cuesta mucho sacarlos y se cagará en nuestro padre... Eso es tener dos cojones, humor y ganas de desafiar a la vida.

Y eso deberíamos hacer más a menudo, desafiarla y no conformarnos con lo que nos pone de menú diario. A veces nuestra vida es de 7.5 euros, menú anti crisis. 

Y despuésde haberme bajado de aquel bote me subo en otro, pero esta vez más seguro de lo que hago. Un nuevo viaje del que ya me/os iré contando... Un nuevo crucero con paradas obligatorias en los mismos sitios porque, al fin y al cabo, esto sigue siendo un puto bucle.

7 de agosto de 2012

Granizado de semen.



Mi gato me mira mientras me depilo las pelotas. Me observa extrañado porque él sólo se las lava cuando le hace falta y no sabe por qué me acerco una máquina que hace un ruído infernal a semejante parte.

Él no entiende que hay que rasurar los fracasos de vez en cuando, que crecen muy rápido, que se van haciendo visibles y son antiestéticos. Él  no comprende que encontrar a alguien con un punto de vista diferente de las relaciones es duro, pero lo es más todavía cuando también tiene uno diferente de las rupturas. Satélites diferentes de formas de ver las cosas que orbitan en galaxias muy lejanas...

Tampoco entiende qué hace por casa un chino con un tatuaje de "Genio y figura hasta la sepultura" en el brazo mirándole con sus ojos de media avellana mientras mueve su enjuto culo hacia mi cama para que le de algo más que las buenas noches.

Al igual que no sabe por qué pulula ese chico amante de los conejos con chaleco bermellón y calcetines beige de punto moviendo su pelo estudiado y ondulado diciendo que le duele la espalda por coger una lámpara de pie de la calle. Necesita un masaje, dice..., pero lo que yo creo es que necesita una zanahoria para calmar su hambre de conejo. Y, efectivamente, no me equivoco.

En medio de este caluroso y lento verano sólo mi cama se convierte en un oásis. Sin embargo, todo, absolutamente todo, se va transformando en espejismo.

24 de julio de 2012

Canícula canibal.



Me hace gracia cuando veo a la gente conjuntada por la calle, intentando no desentonar en estilo y colores. Sin embargo, ¿por qué no conjuntan lo que piensan con lo que hacen?, ¿lo que hacen con lo que dicen?, ¿lo que dicen con lo que piensan? Escuelas de estilismo..., no gracias, escuelas de coherencia con uno mismo es lo que debería de existir.

Y mientras tanto sigo sin estar invitado a la fiesta de la felicidad. Sí, esa donde pasan con momentos en una bandeja y tú los vas cogiendo como puedes, te los metes a la boca y los masticas hasta que desaparecen. Ahí sólo entra gente VIP, o gente con suerte, o gente muy tonta, o gente muy lista.

Caigo en la cuenta de que por más que caces hormigas, siempre siguen saliendo... Y que por más que intentes atrapar sueños, siempre siguen escabulléndose. 

11 de junio de 2012

El sabor del desasosiego.


Nunca una tarrina de vainilla con brownie fue tan triste como aquella, y no porque supiera mal, todo lo contrario, sino porque en cuestiones de sabores los sentimientos tienen mucho que decir.

El dolor puede tornar amargo lo dulce. La soledad infiere un sabor terroso a aquello que te estés comiendo ahora mismo. La duda consigue que la boca te sepa como cuando tomas una chucharada de canela y te llega a la garganta. Toses, te asfixias, te ahogas en el mar de las dudas con canela y terminas vomitando.

Nunca una tarrina de vainilla fue tan amarga como aquella. Nunca unos trozos de brownie cayeron en un interior tan vacío. Y nunca un eco fue tan abismal como el que sentí dentro cuando, poco a poco, me fui sacando la cucharilla a la boca.