Los domingos casi siempre me saben a sumidero existencial. Poseen ese regusto raro que tanto me desorienta, algo así como una mezcla del alcohol de la noche del sábado y todas las frustraciones de la semana entera que caen por su propio peso en el último día de la semana.
Soy un hombre Sudoku, lo sé. Y no, no me refiero a que sea complicado de descifrar (que también), sino más bien a que soy algo parecido a un pasatiempos para una persona que, intuyo, sigue medio colgado de su ex, pero que mientras tanto va probando diferentes cuadernos de sopa de letras, autodefinidos, etc. Soy consciente. Soy Sudoku.
Vale, todo ésto son hipótesis, pero ultimamente me equivoco tan poco con mis especulaciones que me doy hasta miedo.
Y sí, yo dejo voluntariamente que rellene los huecos de mi autodefinido y que rellene otros huecos también, pero no puedo dejar de sentirme mal aún sabiendo que él representa para mí lo mismo que yo represento para él; otro Sudoku, porque no me cabe duda que con él no llegaría ni a la vuelta de la esquina. Y aún siendo consciente de todo esto no puedo quedarme tranquilo, porque me conozco, porque soy capaz de acomodarme hasta que el otro diga "Oye, ahí te quedas, voy a rellenar lo que me quedé a medio escribir con mi ex", lo cual sólo supondría un golpe para mi ego y para mis necesidades afectivas y sexuales que otra vez están fuera de la caja de Pandora, que no es poco...
Alguien me dijo un día que no hay que intentar comprender a la gente, si no que con soportarla ya es suficiente. Y qué razón tenía... Así que me debato con sacarle el tema al chaval éste, en plan buen rollo, o callarme y seguir siendo un Sudoku andante (o supuesto Sudoku, que ya digo que todo son hipótesis), continuar quedando con él, mirarnos las tapas, abrirnos, jugar con los bolis, escribir anécdotas, reirnos, intentar descifrar interrogaciones y borrarnos el cerito.
Y yo le escupí con los ojos muy abiertos intentando comprender el placer que podía obtener con aquello. Y aún sigo sin entenderlo.
El holocausto de soledad de nuestros cuerpos se retorcían en una pequeña cama de 90 rodeada de ropa sucia, unas esposas, condones, algún que otro cómic, lubricante y un aparatito negro que vibraba por la zona del perineo.
-¿Quieres popper? -me preguntó ávido de semen. -No -le contesté mientras me intentaba concentrar para darle lo que él ansiaba.
Un rato después mi espina dorsal volvía a gritar al estirarse encima de él... Me di cuenta que los pinchos de mi caparazón se habían caído poco a poco, que tenía la espalda libre, con movilidad, incluso se oían los gemidos de mis vértebras al retorcerse de placer, me había dejado llevar desde aquella conversación de cinco horas con bastante sentido del humor en un bareto del centro hasta el colchón de la cama de su habitación. Algo nuevo para mí...
-Estás buenísimo -me dijo, como si a esas alturas me tuviera que convencer de algo o, más bien, como si quisiera un "piropo" a cambio.
Todo acabó (bastante satisfactoriamente, por cierto) con olor a cleanex de lavanda por nuestros cuerpos y respiraciones entrecortadas... Respiraciones que dejaron paso a los mimos, las caricas, los abrazos, los besos cortos, los aplausos del público de nuestro orgullo masculino y las observaciones tipo "estás invitado a casa para cuando quieras", lo cual se agradece, la verdad.
Y hoy noto como mis pinchos crecen de nuevo. Pinchos de erizo en mi espalda. Pinchos para que nadie se acerque porque debo asumir que no sé simplificar las cosas y que las distracciones son meras distracciones, no sustitutivos de nada. Pinchos por fuera para que nadie me toque por dentro, como han vuelto a hacer de una manera mucho más superflua, pero lo han hecho... Porque todo es simple, no hay ni va a haber nada más, lo tengo claro, pero la máquina del pensamiento se pone en marcha, y yo, personalmente, no la controlo demasiado bien. Me juega malas pasadas.
Y sí, lo veo claro, un erizo que, de todas todas, volverá a quitarse su coraza y la dejará a los pies de la cama, junto a los boxer manchados de líquido preseminal y los sueños de algo mejor enroscados a los calcetines sucios.
Ella era de cristal y terminó rompiéndose. Era tan etérea que acabó diluyéndose en el sinsentido de la vida y mimetizó su sonrisa con las olas del mar.
Ella volaba bajito, a ras de suelo, como los colibrís, volaba en el límite de lo blanco y lo negro, de lo real y lo irreal, del cielo y del infierno…
Porque si las sonrisas fueran habitables, yo habría querido quedarme en la suya para siempre. Colgado de sus labios y haciendo equilibrios en la cuerda que une sus dos comisuras me quedé, por eso tendría que haberla mantenido estirada por mucho tiempo, para no caerme, yo mismo se lo pedí, sonriendo como sólo ella sabía, como una estrella de cine de los años 50…, como lo que era, un estrella parpadeante. A veces con más luz, otras con menos.
Ella vuela alto ahora, con su varita de hada en nuestras cabezas. Estoy seguro que hará todo lo posible por conceder los deseos que queremos. La oigo revolotear, es ella, entre las páginas de “Cien años de soledad” que tengo encima de mi mesa y que me dejó hace un tiempo, entre todos mis recuerdos donde ella es la protagonista y siempre lo será… Mi pequeña Amelié.
Ultimamente pienso mucho en la magia, sin embargo no es algo de lo que pueda hablar o escribir de manera clara y como a mí me gustaría, porque la magia no se define..., la magia se vive.
Es cierto que se puede crear magia con los amigos en un determinado momento (lo suelo hacer muy a menudo, es sanísimo), pero yo más bien lo llamaría complicidad... La magia tiene una connotación diferente, como más íntima.
Es difícil cruzarse con alguien que sepa hacer magia. Yo sólo lo he hecho una vez y ultimamente me acuerdo mucho de eso..., no de la persona, no hay que confundir, sino de la magia creada. De esos momentos dónde hasta lo más inverosímil cobra sentido para ti y para esa persona..., única y exclusivamente.
La gente no sabe crear más allá de paraísos terrenales, no pueden, no logran (ni siquiera intentan) inventar realidades que sólo existen en un mundo surreal e irreal compartido entre dos. Y de verdad que no es prepotencia, pero miro a mi alrededor y no veo parejas creando magia, sino puras máquinas de alimentar la soledades para rellenar huecos en el estómago y en el alma. Algo carente de brillo, más bien opaco, y con olor a "fecha de caducidad"... Ojo, ¡que hasta yo he vivido eso!
¿Han caducado el amor y la magia? Supongo que no, que el olor es de otra cosa que no quiero identificar, así que mejor me pongo una mascarilla, unas gafas de sol y salgo a la calle cual Michael Jackson, sin pararme a pensar en nada. Después de un rato, llego a casa y guardo lentamente la tienda de campaña de los sueños para, quizá, otro momento... Acampo en mi cama, bajo la manta, doblo las rodillas y espero pacientemente con la mano entreabierta para echarle a la vida un dado de caldo "Maggi(a)".
Se me abren las carnes cada vez que te veo e, irremediablemente, observo como los deseos salen disparados a través de mi piel hacia dónde estás tendido... Se me abren las ganas de hurgarte con la lengua y, de esa manera, hacer rafting por el surco de tu espalda. Poco a poco bajar en tirolina hasta la cueva de tu culo y recrearme haciendo espeleología por esas montañas musgosas que siempre añoré. Podría encender mi linterna y encontrar el camino hacia tu interior, sin equivocarme, sin equivocarte.
Date la vuelta y déjame escalar tu pene. Hagamos chin-chin con la punta de nuestras soledades y bebamos de ellas hasta atragantarnos. Deja que corone la cima lentamente con la bandera de mi boca y celebrémoslo, finalmente, con una copa de espuma de champagne al más puro estilo Hollywood.
Una vez terminado todo déjame insertarme dentro de ti de nuevo y, después, cierra la cremallera en forma de cicatriz que te he dejado para no dejarme salir nunca de ahí... Nunca.
Estoy harto de pensar y no actuar. Harto de no saber lo que quiero, de agobiarme a mí mismo porque si no sabes lo que quieres dificilmente puedes actuar..., todo un bucle en alto grado de congelación. También estoy harto de bucles, de rabos de cerdo, de estar negativo, porque no quiero ser alguien negativo, sino alguien que brille, aunque sea en plan destello leve, chispazo fatuo o llama etérea, ¡me da igual! Y estoy harto de tener mocos y que se me peguen en las paredes de la nariz y que luego, una vez secos, me haga daño al arrancármelos... Porque todo lo que se arranca duele, incluído el pasado.
Y me dedico a jugar a las canicas con los puntos suspensivos de mi vida mientras con la otra mano le echo un pulso a los fantasmas que me rozan la espalda con sus roidas sábanas amarillentas, notando como las venas de los brazos se me tensan tanto que podría tocar música con ellas.
Y en el facebook veo que el último "tuberculillo" con el que estuve tiene una foto con un chico muy parecida a una que tiene conmigo, de la misma manera, con camisetas negras, mirando a la cámara, medio sonriendo. Y pienso que la historia se repite, que seguramente hará alarde de esa persona en todas sus redes sociales como hizo conmigo, que cometerá los mismos errores y, visceralmente, me siento mal. Me invade la sensación de que vivimos en un bucle, en una eterna cola de cerdo. Tensando y destensando, en puro equilibrio.
Y no me gusta el rabo ni el morro de cerdo, y tampoco me gusta tener el miedo que tengo a las personas, y menos aún darme cuenta de que todos a mi alrededor se mueven, se relacionan, interactúan, y yo no..., yo me limito a balancearme en la puta cola de cerdo intentando no caerme dentro del bucle, intentando escribir un guión diferente para que no se repita todo una y otra vez.
Todo se mueve. Todos se mueven. En espiral, no sé si de autodestrucción o de autoengaño, pero todos se mueven por la cola de cerdo buscando, finalmente, el culo de su felicidad.
Hoy me pesan los párpados de tantos pensamientos que tengo colgados en las pestañas. Hoy me quiero quedar acurrucado hasta que las rodillas se me junten con la frente y que la rótula (que me han dicho que es el hueso más inteligente que tenemos) le pueda decir a mi cerebro "Ya está bien, ¿no?".
Vivimos en un Haloween continuo y sempiterno. Gente con máscaras, disfrazados de lo que no son, gente fea (por dentro), gente extraña que te asusta... 365 días de Halloween perpetuo.
-¿Truco o trato? -Trato. -Pues bájate los pantalones. -Pues casi que prefiero truco. -Entonces déjame bajártelos a mí.
Hoy me pesa la bombona de oxígeno de la que todos respiramos a hurtadillas, cuando nadie nos ve. Y no precisamente porque esté llena, sino por todo lo contrario. Está vacía, la llevo a cuestas y no sé por qué. No hay oásis. No lo diviso. Sólo veo antifaces, máscaras y complementos falsos.
Hoy caigo en la cuenta de que, quizá, lo que verdaderamente me pese sea el disfraz que llevo puesto de caballero con armadura y escudo a juego... A juego con el juego de la vida, claro. Puede que sea eso. ¿Truco o trato, vida?
A veces me da palo contar cosas por estos lares, pero luego caigo en la cuenta de que nadie me conoce, así que...
Esta mañana ha sido mala, sobre todo porque 10 minutos antes de llegar al curro me han llamado para decirme que no hacía falta que fuera. Un trabajo de mierda en el que en cualquier momento me pueden decir "Ya no vengas..., pero nunca más". Así que todo cabreado y de bajón me he ido al Consum a comprar agua, danones y un poco de dignidad.
Y allí me he encontrado a aquel chaval que años atrás se me avalanzó a la salida del metro para tirarme los trastos descaradamente con una excusa idiota. Por aquel tiempo yo tenía novio y pasé de él completamente, incluso cuando llegué a casa le conté a mi chico lo que había pasado en plan anécdota, y siempre que lo volvía a ver por la calle (era y es del barrio) ni lo saludaba para no darle pié a nada de nada (yo soy así). Y hoy me ha visto y ha venido a mí cual ave rapaz para preguntarme si yo era aquel chico de murcia que vivía con el novio. Obviamente yo era y soy ese chico de murcia, pero actualmente sin novio... Reacción inmediata de ojos abiertos, móvil en mano, y palabras "¿Quedamos dentro de un rato?" saliendo a borbotones de su boca... Y lo más fuerte es que yo he asentido a todo, dejándome llevar por el frescor de la sección de congelados.
Luego me he visto hablando con él, dando un paseo y poco más tarde charlando en las escaleras de la azotea de su piso, antes de que se avalanzara sobre mí cual ave que da de comer a sus polluelos en plena boca, y yo dejándome llevar (y alimentar...) Los detalles de luego mejor me los guardo, (aunque no, no ha habido consumación) pero he llegado a casa con la sensación de "¿Qué coño ha pasado?". Y me pongo nervioso porque cuando no controlo las situaciones y se salen de mis esquemas yo me salgo también..., aunque para salido él, claro está.
Y no me siento especialmente bien por haber hecho lo poco que he hecho, pero tampoco mal. Simplemente me pregunto si me gustaría volver a repetir de nuevo (esta vez sin escalones de por medio), explorar ese mundo "follamistero" y dejar de pasearme por los jardines del palacio victoriano por los que suelo pasear derramando lágrimas por amores pasados o por futuros que nunca llegarán. No sé. Creo que el Frenadol aquel me dejó sin capacidad de decisión..., o quizá haya sido la decepción, que en sobredosis nunca es buena, y me confunde, y me ciega, y me hace hacer tonterías como la de hoy. O simplemente es que soy como soy y no le tengo que dar más vueltas... No merece la pena.