
Y salgo a la entrada de mi casa para el ritual de todas las noches.
Enciendo la música, me dejo llevar por ella, saco medio porrillo, me lo fumo y, mientras, observo el mundo de las sombras, que, creo, siempre es mucho más interesante que el que tiene lugar a la luz del día. Lo mismo tiene algo interesante que decirme, lo mismo tengo algo interesante que decirl(m)e. Entonces me asomo y veo a una vecina caminando por la rotonda a pasos cortos (es ya muy mayor, de pelo cano y piel decrépita), parece un alma etérea, una imagen casi fantasmagórica, va sola, con su pena como sombra mientras anda y estira las piernas al fresquito de la noche. El año pasado murió su marido y, la verdad, ninguno de los dos me caía muy allá, sin embargo la miro andar y me invade una especie de tristeza distinta a la tristeza de llorar..., es como una tristeza empática, como la que parece sentir ella ese preciso momento. Lo proyecta su figura, sus pasos, su sombra...
A la noche siguiente volví a salir para mi ritual diario y allí estaba ella otra vez, como la noche anterior, casi levitando por la carretera. Entonces caí en la cuenta de que ese era su ritual, como el mío es salir a la entrada a escuchar música y ver la vida pasar a golpe de calada. Estaba haciendo lo mismo que yo. Ahora entiendo lo de la tristeza empática.
Quizá puede que sea una invención de mi cabeza y que sólo ande porque el médico le ha dicho que es bueno para las varices, pero prefiero pensar que es su ritual. Ese simple pensamiento me hace sentir menos solo.
Y yo, la verdad, creo que debería cambiar mi ritual por otro. Algo así como una partida de póker nocturna contra mi soledad..., para ver quién gana. Entonces la miro directamente a los ojos. La desafío. Despliego mis cartas. Escalera de dolor... ¿Qué?
Gano yo.








