Son esos momentos "mascarilla de oxígeno" los que me salvan de morir asfixiado en la rutina de estos días. Son esos dónde abres la boca, hinchas los pulmones al máximo para guardar aire puro dentro y, acto seguido, sueltas una carcajada procurando no morder el momento ni hacerle daño, sino todo lo contrario, intentas saborearlo poco a poco y hacerle cosquillas con la lengua donde sabes que más le gusta.
Esta semana he hinchado los pulmones lo más que he podido, los he sacado a pasear al aire puro de las risas, han corrido libres por el camino de las mandíbulas batientes y una vez terminado se han colocado un poco más renovados y esponjosos en su lugar de siempre.
Ha sido como vivir en una sempiterna canción ye-yé, de esas felizotas que rezuman ñoñería y buen rollo y que he descubierto hace poco. Sobre todo gracias al CD que me han grabado unos amigos y que también han decorado estupendamtente (véase foto).
Ahora sólo quiero ir por la calle bailando música ye-yé para vivir tiempos felices, o al menos para intentar atraer tiempos felices, que haberlos haylos (o eso dicen)... A ver cuánto me dura, señores.
Ultimamente lloro por todo, por cualquier cosa. Hacía mucho tiempo que tenía el grifo seco (y no me refiero precisamente a la polla), pero ahora es algo que me es difícil controlar.
Las películas se llevan la palma para emocionarme, pero también valen canciones e incluso programas de televisión. Soy un blandiblú andante y no me gusta ser así porque, vale que no soy tan duro como Walker Texas Ranger, pero ni una cosa ni la otra.
Y me pregunto hasta cuándo tendré "resaca emocional", de esa que en vez de martillearte la cabeza te martillea el corazón, de esa que te hace un nudo marinero en el estómago y te deja la boca reseca por los besos que ya no das. De esa dónde sólo te apetece estar en la cama, en el sofá o en sitios dónde no incluya la presencia humana como artista invitado.
Y me pregunto por qué no venden en la farmacia pastillas contra este tipo de resaca, porque si hay parches para los que están dejando de fumar y metadona paro los que se están quitando de la droga, ¿por qué coño no inventan algo para la resaca emocional que siento? Estoy casi seguro de que se podría hacer algo al respecto ya que el amor es una adicción como otra cualquiera y cuando te lo quitan, o desaparece sin más remedio, te da el mono al igual que un drogadicto.
¿Eso quiere decir que estoy en rehabilitación? Dios, se me va mucho la cabeza, y lo peor es que creo que no es un síntoma de la resaca, sino que es de nacimiento.
Suspiro y sí, se me va la cabeza porque el corazón se me fue a mitad de julio y aún no ha vuelto.
Me cago en Carrie Bradshaw y en su estampa cochina, así de claro.
Debo confesar que cuando empecé a ver "Sexo en Nueva York" no me gustó demasiado hasta que, finalmente, me terminó enganchando ese tono descarado e irónico que tienen algunas de las protagonistas de la serie que, como muy bien dicen en "Padre de Familia", va sobre tres tías que viven en Nueva York y su madre.
Ayer mismamente me dispuse a ver la película que hace poco estrenaron basada en la serie del mismo nombre. Ni más ni menos que dos horas y media de glamour, tacones, dinero, sexo, modelitos de marca, superficialidad y mucho, mucho amor. Y, digo yo, ¿pa qué coño necesito ahora mismo que me hablen de amor?, pues ayer tuve dos tazas y media con picatostes incluídos.
Parejas que se pelean, parejas que cometen errores, parejas que piden perdón, parejas que están destinadas a amarse para siempre, parejas que rompen, parejas que se reconcilian, parejas que se emparejan, parejas entre rejas, parejas que lo celebran con almejas, parejas que se comen las orejas... ¡AaAaAaah!
No, no necesito esa clase de información errónea e inflada como un souflé que viene de EEUU. Que sí, que se rumorea que el amor es universal, pero yo creo que lo inventaron los yanquis con películas como "Cuando Harry encontró a Sally" o "Titanic". Pues no señor, Carrie y sus tres amigas deberían dedicarse a hacer obras benéficas, vestir de Zara, beber Nestea, veranear en Benidorm, comprar "Pato WC" en el Mercadona y hacerse un dedo todas las noches y no pensar siempre que el amor es lo más importante y lo que te rellena plenamente por dentro como una empanadilla de pisto manchego. Que no me engañan, coño, que no.
Y todo esto sin subirme a unos tristes Manolos. Señor qué cruz.
Y salgo a la entrada de mi casa para el ritual de todas las noches.
Enciendo la música, me dejo llevar por ella, saco medio porrillo, me lo fumo y, mientras, observo el mundo de las sombras, que, creo, siempre es mucho más interesante que el que tiene lugar a la luz del día. Lo mismo tiene algo interesante que decirme, lo mismo tengo algo interesante que decirl(m)e. Entonces me asomo y veo a una vecina caminando por la rotonda a pasos cortos (es ya muy mayor, de pelo cano y piel decrépita), parece un alma etérea, una imagen casi fantasmagórica, va sola, con su pena como sombra mientras anda y estira las piernas al fresquito de la noche. El año pasado murió su marido y, la verdad, ninguno de los dos me caía muy allá, sin embargo la miro andar y me invade una especie de tristeza distinta a la tristeza de llorar..., es como una tristeza empática, como la que parece sentir ella ese preciso momento. Lo proyecta su figura, sus pasos, su sombra...
A la noche siguiente volví a salir para mi ritual diario y allí estaba ella otra vez, como la noche anterior, casi levitando por la carretera. Entonces caí en la cuenta de que ese era su ritual, como el mío es salir a la entrada a escuchar música y ver la vida pasar a golpe de calada. Estaba haciendo lo mismo que yo. Ahora entiendo lo de la tristeza empática.
Quizá puede que sea una invención de mi cabeza y que sólo ande porque el médico le ha dicho que es bueno para las varices, pero prefiero pensar que es su ritual. Ese simple pensamiento me hace sentir menos solo.
Y yo, la verdad, creo que debería cambiar mi ritual por otro. Algo así como una partida de póker nocturna contra mi soledad..., para ver quién gana. Entonces la miro directamente a los ojos. La desafío. Despliego mis cartas. Escalera de dolor... ¿Qué?
La mejor crema protectora para no quemarte por dentro es no pensar en las cosas; declararte en huelga de pensamientos, sentimientos y actitudes. Es algo parecido a ir como un autómata por la vida. Un autómata que mira al suelo para no caerse y, a la vez, en búsqueda de paraísos podales, ya que para un fetichista como yo eso de que todos los tíos vayan con chanclas es maravillosamente excitante. Por eso en verano nunca me tropiezo. Miro al suelo con devoción en busca de un Dios con forma de uña.
Crema marca "levedad" me estoy echando. Está bien de precio, oiga. Yo me he comprado dos botes.
Ni Javier Marías, ni Cunningham, me apetece leer a Marian Keyes y embarrarme de superficialidad estúpida y efectiva. Eso es lo que hago por el momento.
Ayer tuve ganas de llamarlo (cosa que sólo hemos hecho 2 veces en 20 días y con resultados irregulares), pero no lo hice. Tuve ganas de cortarme los dedos para no poder señalar la dirección hacia donde tengo que ir. Tuve ganas de arrancarme las ganas y hacerme un broche con ellas, pero no lo hice.
¿Habéis vivido alguna vez en una vena atrofiada? Yo sí. A ver si encuentro un agujerito por donde salir y poder fluir. Echo de menos fluir.
Pues sí, tengo el corazón hecho una patata. Corazón de patata, que diría Anne.
Finalmente la profecía se cumplió y todo se ha roto entre él y yo. Han sido 6 años. Se dice pronto (prueba a decirlo)... Y aún tengo humor para bromear, hay que joderse.
Me siento extraño. Me siento en el balcón y veo a un señor echar una bolsa de ropa que ya no le sirve a un contenedor específico para eso. Se va.
Me siento inseguro. Me entran ganas de bajar, quitarme la piel a tiras y tirarla al mismo contenedor que el tipo de antes. Al fin y al cabo es mi ropa de todos los días. Además, es lo que siento ahora mismo, como si estuviera en carne viva, sin piel. No habría mucha diferencia.
Me siento triste. Todas las letras de las canciones cobran sentido. Hasta la más estúpida del mundo.
Y ya no huelo a abrazos, sólo a sudor. Es eso. Sin amor la magia se esfuma y el olor a abrazos se convierte en sudor.
Sudor e interrogaciones. Es el título de éste, mi verano.
El martes que viene acabo en mi trabajo y, estoy casi seguro, que un día de estos también acabaré con la relación que mantengo desde hace 6 años. Y no, no voy a lloriquear por aquí diciendo lo desgraciado que soy y lo mal que me trata la vida, porque no me siento así..., porque no soy así.
Tengo un problema, y es que cuando estoy enfadado no me afecta casi nada, ni la tristeza, ni la pena, ni nada de nada. Es justo cuando el cabreo se esfuma cuando todo viene de golpe y, entonces, empiezo a pasarlo mal. Es como cuando alguien corre un maratón y al día siguiente aparecen las agujetas en forma de dolor.
Ahora mismo estoy enfadado, y creo que me está durando demasiado. Por eso no puedo sentir ni calibrar el dolor futuro que seguro que vendrá a visitarme... No es bueno pero no puedo evitarlo.
Ojala todo fuese más fácil. Ojala todo estuviese rodeado de silencios, como en una película de Kim Ki-Duk donde la vida transcurre entre soplo y soplo del aire calmo que sale por la boca cuando exhalamos. Algo así.
Y en el último plano de la película alguien dice una única palabra que te salva, esa que te agarra con sus letras y te eleva, la que con su entonación te limpia la negatividad de dentro de los oídos, la que con su significado insufla sangre a tu corazón seco como una pasa, la que te rellena el estómago de inmediato y da de comer a las mariposas de nuevo, esa que impide que te duermas para siempre en un silencio puntiagudo e incómodo.
Absorto y al lado de un semáforo Alfredo contaba cada uno de los pasos de cebra que le separaban de la otra acera y, de paso, fue enumerando los fracasos sentimentales que había tenido en lo que llevaba de año… Estaba mal, lo sabía, pero era lo que solía hacer cuando se aburría. Y así, de repente y de manera casi fantasmal, un chico con chaqueta pasada de moda y que paseaba a un perro de pelo desgreñado se paró a su derecha como si siempre hubiera estado allí.
Paró de contar en seco y miró a sus nuevos vecinos de semáforo saludando educadamente con la cabeza. Pensó que el gesto había quedado como si tuviera un leve tirón en el cuello, pero era más de lo que hubiera hecho si en vez del atractivo chico con mal gusto a la hora de elegir chaquetas hubiera sido una señora de permanente bufada y caniche altanero.
¿Por cuál iba…, era el tres?
Alfredo quería continuar pero aquel perro despeinado empezó a husmearle la pierna de una manera que parecía como si le estuviera juzgando por oler de la manera que siempre olía. Notó, incluso, cómo lo miraba de manera reprobatoria desde abajo mientras le recorría el zapato con el hocico.
-Qué mono –dijo irónicamente- ¿Cómo se llama?
- Su nombre es “Buscopasivo”.
-Ah…, vaya…
No se le ocurrió otracosa que decir, así que miró al frente y siguió contando “tres, cuatro, cinco…”. Sin embargo el chico de la chaqueta no se movió ni le quitó ojo de encima. Esperaba una respuesta, una señal.
-… Seis… ¿O sea que se llama así por alguna razón en especial?
-Sí, bueno… –respondió algo confundido-. Es un perro muy juguetón y necesita desfogarse muy a menudo. Busca compañero.
-¿Y a poder ser pasivo, no?
-Claro, a poder ser.
-¿Y a ti te gusta que te pisen? –preguntó Alfredo a bocajarro.
-Hombre pues…, el rollo fetichista no me va demasiado. ¿A ti sí? Todo es ponerse, qué quieres que te diga. Podría probarlo.
-No, si yo lo digo porque te vas a convertir en un paso de cebra más para mí. Está claro.
-… No pillo eso del paso de cebra, tío. Sólo sé que estás buenísimo y tengo la polla tiesa y ardiendo. ¿Te hace o no? -dijo tocándose el paquete.
-Me hace… Me hace daño, pero prefiero eso a que mi vida sea un semáforo en ámbar constante.
-Eres raro, muy raro, pero del polvo que te voy a echar te vas a olvidar hasta de cómo eres.
Viajar por la espesura de su semen..., eso es lo que deseo hacer.
Le veo sentado en el metro, detrás de los arbustos, esperando en un semáforo, comprando un paquete de azúcar, paseando, rondando por el filo de mi fantasía como quien espera el turno para pasar.
Claro que sí, pasa dentro, pasa muy dentro y quédate ahí. No te salgas nunca, quiero sentirme lleno de ti y, a la misma vez, navegar por las olas de tu semen hasta ahogarme en él y que me tengas que hacer el boca a boca para devolverme la vida que me quitas cada vez que irrumpes en mi cabeza y en mi culo.
Quiero pegarle un trago al mar que te sale por la polla, salado e hipnótico. Lánzame los salvavidas..., los tienes ahí, quiero agarrarme a ellos y no soltarme, quiero saber qué se siente cuando mi boca y tus huevos son uno.
Pasa por delante de mí sin saber qué pienso de ti... Pasa por delante y sigue tu camino pero, por favor, deja tu huella en mi cabeza y abrígame la cara con la pureza de tu semen, que yo lo relameré igual que relameré el recuerdo efímero en el que te convertirás cuando hayas desaparecido al doblar la esquina.
Te asomas al balcón y notas que tu espacio no está mordido por nadie ni por nada, sólo notas el humo que sale de tu garganta y que se te enrrosca entre las pestañas.
No es bueno comparar las relaciones..., y menos las relaciones que están en los primeros momentos dónde todo es fogosidad y hormonas alteradas.
Él no entiende que con el tiempo eso se diluye y ganas otras cosas. Otras cosas que no se tienen al principio. Otras cosas que pesan más que el sexo o la pasión..., al menos para mí.
Y no puedo hacerle entender. Y no puedo hacerle el amor como hace 6 años porque ahora le hago el amor de otra manera, como cada vez que le miro o me siento a su lado o le veo cocinar o le oigo cantar o me duermo en su hombro o en su lado de la cama cuando él no está. Así le hago el amor.